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Fragment
of the Real Ordinance for which the Advisory National
Assembly was created |
CREACION
DE LA ASAMBLEA NACIONAL CONSULTIVA
(R.
D. de 12 de septiembre de 1927)
EXPOSICION
DE MOTIVOS
Señor:
Para V. M. que sigue con solícita y constante
atención las palpitaciones del vivir nacional
y a quien el gobierno procura tener informado de sus
ideas y propósitos casi desde el momento mismo
de concebirlos, no constituye novedad completa el proyecto
de decreto-ley que el Consejo de Ministros somete por
mi conducto a la aprobación Real. A los pocos
meses de gobernar el Directorio ya surgió en
su seno la idea de convocar una gran Asamblea, de dar
vida a un órgano de información, controversia
y asesoramiento de carácter general que colaborara
con el Gobierno en la ardua obra que sobre él
pesaba. Acaso fue razón para el diferimiento
de esta idea que el tamaño de las dificultades
que ofrecía entonces encauzar la vida nacional,
herencia recibida en plena quiebra, aconsejaba la mayor,
la casi exclusiva actuación del Poder ejecutivo.
Las
circunstancias han cambiado. La gobernación del
país no presenta hoy más problema que
los normales en cualquier otro, y éstos se desenvuelven
en un ambiente de depurada ciudadanía, confianza
de opinión y disciplina social que permite escrutar
el porvenir con optimismo. Más que la obra de
saneamiento, en gran parte realizada, es ahora precisa
la de reconstituir y metodizar la vida nacional, para
mejor recoger los frutos que deben esperarse de sus
propias iniciativas ciudadanas.
La
consideración de este estado de cosas, ya contrastada
al vencer el año tercero de actuación
de la Dictadura decidió al Gobierno a buscar
refuerzo y confirmación a su pensamiento con
la celebración de un plebiscito que reveló
un estado de opinión mucho más fuerte,
definido y ardoroso que todo lo imaginado antes de la
decisión de contrastarlo. No ignora el Gobierno
en qué grado y con qué recursos se intentó
hacer el vacío alrededor de ese suceso de alto
valor histórico; pero sabe con certeza que muy
cerca de ocho millones de españoles, de ellos
buena parte ausentes del país, pertenecientes
a grandes sectores sociales que vivían la mansa
rebeldía de la inhibición, se movilizaron
con entusiasmo a los fines del llamamiento que les requirió,
en el que era básico primordial el de convocar
una gran Asamblea nacional de carácter general
en la forma que el Gobierno, que con el plebiscito recibió
amplísimo voto de confianza popular, estimara
oportuno proponer a V. M. que con su aprobación
si el proyecto la merece, es quien en definitiva ha
de dar vida al propósito que sólo el patriotismo
inspira, pues otros sentimientos menos elevados nos
llevarían a la convocatoria de unas Cortes al
uso antiguo, que sin esfuerzo, o empleando los deplorables
recursos electorales que han formado su tradición,
nos darían una enorme y dócil mayoría,
dispuesta a votar cuanto quisiéramos, si lo que
quisiéramos fuera la ficción de un voto
de indemnidad y aun de gracias para una labor de que
nos enorgullecemos, que el pueblo ha recompensado tantas
veces con sus aclamaciones y a que V. M. se ha dignado
dar día por día su Real aprobación.
Pero este camino, que desde luego desechamos, sería
propicio a la provocación de inconvenientes agitaciones,
al resurgimiento de ambiciones y al revivir, aunque
ya con vida precaria, del funesto caciquismo. Cualquier
arbitrio que no fuera éste, que por lo visto
ni por abominable y fracasado ha perdido para los rutinarios
su valor legal, dejaría siempre insatisfechos
a los que nacieron y vivieron en una atmósfera
política
de efectos tan estupefacientes que, aletargando la condición
natural de honorabilidad e inteligencia de los hombres,
los esclavizó sumisos al uso de las drogas que
los producían.
No
es, Señor, este momento de fundada esperanza
en la salvación nacional el de transigir con
los enfermos ni el de legislar para los casos morbosos,
aunque la privación del tóxico exacerbe
en ellos enfermedad, fenómeno terapéutico
que no ofrece gran novedad; es el de preocuparse de
los sanos, y aun de los convalecientes, y dar en pro
de ellos brava, decidida, pero reflexivamente, como
lo pide y merece un pueblo como España, un paso
en el camino que ha de conducirle a poder dirigir sus
propios destinos por medios y procedimientos menos absurdos
y fracasados que de los que ha venido disponiendo hasta
ahora y pusieron en peligro la propia esencia de su
vida. La gobernación de un pueblo es acción
y es realidad que no pueden sujetarse a doctrinarismos.
Pues
bien, Señor, la Asamblea Nacional que se proyecta
es ese paso y la iniciación de ese camino. No
ha de ser el Parlamento, no legislará, no compartirá
soberanías; pero por encargo del Gobierno y áun
por iniciativas propias, colaborará en su obra
con carácter e independencia garantizadas por
su origen, por su composición y por sus fueros,
y, mientras interviene la actualidad, preparará
amplia labor que someter en su día a la aprobación
del órgano que la suceda, que por fuerza ha de
tener carácter legislativo: la primera función,
vívida y palpitante; la segunda, académica
y sosegada. Además, por delegación gubernativa,
inspeccionará actuaciones, servicios y funciones
con elevada autoridad y carácter efectivo y enjuiciará
gestiones y, con prudente restricción, podrá
recabar del Gobierno el conocimiento de sus propósitos,
actos y orientaciones.
Tres
grandes núcleos se propone a V. M. que integren
la Asamblea. El uno de representantes del Estado, las
provincias y los municipios, que son las tres grandes
ruedas integrantes de la vida nacional, cuyos respectivos
intereses pueden alguna vez ser antagónicos y
sus movimientos divergentes y precisa engranarlas y
hacerlas convergentes en su esfuerzo. El otro, de representación
de actividad, clases y valores, que por mencionados
en el texto del proyecto de decreto-ley que a V. M.
se somete, parece innecesario fundamentar la razón
de su señalamiento. Y el tercero, designado por
las Uniones Patrióticas y como representación
de la gran masa apolítica ciudadana que respondió
al llamamiento del Directorio en momentos de incertidumbre
e inquietud y luego al del Gobierno, aportando una labor
de desinterés y ejemplaridad a veces tratada
de combatir con el ridículo y aun en otras con
persecuciones y sobre la cual tanto como sobre el mismo
Gobierno, recayó el esplendente voto popular
del plebiscito. Sería notoria injusticia y cobarde
claudicación ante la crítica negativa,
que no habrá de fallar en ningún caso,
ni para ninguna solución, prescindir de los que
con su ejemplo y con su predicación tanto han
contribuido al saneamiento y dignificación social,
dejando de recoger su voz y privándose de su
colaboración en la más importante misión
que la dictadura ha realizado: la de despertar, educar
y movilizar la ciudadanía a lo que las Uniones
Patrióticas vienen contribuyendo tan eficazmente.
En
suma, Señor, esta Asamblea Nacional de intereses
generales, en que se podrá contrastar por la
controversia el ajuste o la pugna de unos con otros,
sustituirá a las muchas asambleas parciales que
vienen celebrándose, y en todo caso constituirá
un organismo vivo integrado por escogidos ciudadanos,
aptos para hacer oír su voz y su consejo en difíciles
momentos nacionales, que todo Gobierno debe tener previstos.
Tales misiones requieren rodearlas de la mayor autoridad
y prestigio, y a tal fin se incluyen en el articulado
del Real decreto-ley que a la aprobación de V.
M. se somete normas y preceptos que se los garanticen.
Y
como parece innecesario decir más para la ilustración
de V. M. y la de la opinión pública, el
Gobierno, por mi conducto, somete a la aprobación
de V. M. el adjunto proyecto de Real decreto-ley.
San
Sebastián, 12 de septiembre de 1927. Señor:
A. L. R. P. de V. M., Miguel Primo de Rivera y Orbaneja.